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De la feria.
1Cor 7, 25-31; Sal 44, 11-12. 14-17.

Evangelio según San Lucas 6, 20-26

Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: ¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece! ¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados! ¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán! ¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y proscriban el nombre de ustedes, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre! ¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas! Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas! ¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!

Vivir en paz

Creo que no podemos darnos el lujo de condenarnos por lo que somos. Creo que herimos por donde hemos sido heridos. Que corazones endurecidos generan corazones rotos. Que somos mucho más de lo que hacemos, aunque lo que hacemos refleje algo de lo que somos también, pero nunca el todo.

Somos seres paradójicos, llenos de contradicciones, en tensión permanente con lo que nuestra libertad busca y no siempre logramos hacer lo que más nos conviene.

Sin embargo, siento que nos merecemos darnos la oportunidad de pensar bien de las personas, especialmente de aquellas más dañadas y que más dañan, pensar en sus historias y dolores para verlas como el Buen Dios las miraría. Que aquello que alguien hace mal nos duela y enoje, pero que no saque lo peor de nosotros para terminar envueltos en una espiral de odio y rencor incesantes.

La compasión brota de sabernos amados sin condiciones aún cuando no la merecemos, aún cuando no hacemos nada, aún cuando no la pediríamos por vergüenza, aún cuando parece que no somos dignos.

La lógica comunicativa de estos tiempos nos está haciendo confundir nuestro lugar entre los demás elevándonos al tribunal de nuestros propios juicios y condenas, haciendo de la impiedad un «bien de consumo», un entretenimiento irresponsable.

¿Qué pasará con los niños y jóvenes que nos escuchan defenestrarnos, inculparnos livianamente, acusarnos de cosas improbables muchas veces? ¿Qué nos impide dejar de hacerlo frente a quienes crecen con nuestros ejemplos más simples? ¿No será que terminarán no pudiendo aceptar quienes son porque tendrán miedo a que los juzguemos con la misma dureza con la que condenamos a los demás? ¿Cómo podremos ayudarles a comprender que las personas públicas -aún cuando muestren lo peor de nuestra condición humana- son personas dignas de compasión como vos y como yo? O detenemos esto o no podremos vivir en paz.

Emmanuel Sicre, SJ.