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San Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia. (MO).
Jb 38, 1. 12-21; 40, 3-5; Sal 138, 1-3. 7-10. 13-14.

Evangelio según San Lucas 10, 13-16

Jesús dijo: ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados entre ustedes, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y sentándose sobre ceniza. Por eso Tiro y Sidón, en el día del Juicio, serán tratadas menos rigurosamente que ustedes. Y tú, Cafarnaún, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno. El que los escucha a ustedes me escucha a mí: el que los rechaza a ustedes me rechaza a mí; y el que me rechaza, rechaza a Aquél que me envió.

Pa’ que no muera de gusto

Les quiero contar una anécdota de San Jerónimo. Era un romano, -o mejor dicho del Imperio Romano- de los primeros siglos de la Iglesia. Un hombre entusiasta de lo libros, que un día se dio cuenta que estaba gastando la vida en cartuchos que no apuntan a nada.

Tomó en serio su cristianismo. Lo tomó de una manera total. El era de la zona de Dalmacia y tenía un carácter de mil demonios. A veces se bandeaba un poco, lo que le sucedía a menudo como a mí y como a alguno de ustedes.

El le decía al Señor:

-Miserere mei domine quia dálmata sum. (Perdóname Señor, soy Yugoslavo)… El mismo se reconocía de carácter fuerte.

Se hizo monje y pasó una Cuaresma de penitencias, de esas a rajatabla: ayuno, vigilias, nostalgias, ansiedades. Toda la perrada se le despertó.

El Viernes Santo a las tres de la tarde, hora en que murió el Señor, había puesto una cruz de palo grande en un arbolito. Como a la misma hora tuvo una visión: vio al Señor Jesús boquiando en la agonía de la cruz…

Se le acercó y Jesús le dijo:

-¡Jerónimo! ¡Mirá cómo estoy por vos!

Y Jerónimo le contestó:

-Si, Señor, por eso vine.

-Jerónimo, ¿Qué serías capaz de darme para que me ayude en el momento en el que estoy?

Y Jerónimo le dijo:

-Señor, no se, te doy mis ayunos, mis penitencias, mis noches sin dormir, todo lo que hice en esta Cuaresma.

Le habló Jesús:

-Sos una buen muchacho. Pero comprendé que eso en este momento no me ayuda para nada.

-Y, no se, Señor, te ragalo la nostalgia de todo lo que dejé allá de Roma, mis amigos, familia, el hogar que no hice.

-Gracias Jerónimo. Sos un buen muchacho, pero comprendé que a mí en este momento…¿De qué me sirve?

-No se, Señor, te regalo todo lo que me espera en la vida. Me pongo a tu disposición para lo que sea.

-Está bien, gracias. Pero en este momento, que yo necesito algo de vos ¿qué serías capaz de darme?

Y Jerónimo quedó como con la pólvora mojada y sin perros.

-Señor, no se qué es lo que vos quisieras en este momento.

Entonces Jesús lo miró y le dijo:

– Jerónimo, dame tus pecados para no morir de gusto.

Fíjense, queridos hermanos: si Jesús murió por nosotros, lo que más le interesa es nuestro pecado.

(…) Te quisiera decir una cosa, hermano. Voy derecho, que para eso soy cura. Esta no es una segunda intención. Mi clarísima intención es acecharlos un poco a Dios y después que cada uno se arregle como pueda.

Por eso hermano, te diría lo que Dios espera de vos. El mejor regalo que le podés hacer a ese Jesús, Nuestro Señor, que muere por nosotros es que le entregues tu pecado. Te lo digo así, sencillo pá que me entiendas. Buscate algún cura gordo, de esos con cara de bueno, andá y tirale la mochila que llevás adentro. Todo eso que te duele, y que sabés que a Dios también le duele porque te duele a vos.

El te lo va a perdonar. Dejalo a El que se arregle con eso. Vos llevate el perdón de Dios y la alegría para poder vivir.

Mamerto Menapace.